
NUESTRA LUZ A MEDIAS: ENTRE LOS DESTELLOS Y LA CLAREZA DE LA RESILIENCIA
Escrito desde el corazón de alguien que conoce cada matiz del camino que compartimos
Cuando empecé a notar que los colores se iban apagando como una vela que se consume poco a poco, que las letras se desvanecían en la página y que las caras que amaba se volvían borrosas como un reflejo en el agua, sentí como si un velo grueso se interpusiera entre el mundo y yo. No fue solo la pérdida de la nitidez, la nitidez que permitía distinguir un rojo vibrante de un naranja cálido, o reconocer a una amiga desde la otra acera – fue el miedo a que mi forma de ver y sentir la vida se fuera con esa claridad que tanto amaba. Pero hoy, después de años aprendiendo a navegar entre los destellos y las sombras, puedo decirles con toda la certeza de mis ojos – aunque no vean como antes – que la verdadera visión vive tanto en lo que alcanzamos a percibir como en lo que construimos con nuestra mente y nuestro corazón.
Desde el punto de vista psicológico, la resiliencia se define como la capacidad de adaptarse frente a la adversidad, transformando el dolor en fuerza. Como menciona la doctora María Fernanda López en su trabajo «Resiliencia en personas con discapacidad: construyendo nuevos sentidos» (2023): «La resiliencia no es la ausencia de sufrimiento, sino la habilidad de encontrar en el propio cuerpo y en las relaciones humanas los cimientos para reconstruir la vida con significado y propósito«. Yo entendí esto cuando mi padre me dijo: «Hija, ya no ves las cosas tan claras como antes, pero puedes aprender a verlas con más profundidad, a notar los detalles que los demás pasan por alto«. Ese día descubrí que mi percepción del mundo simplemente había cambiado de enfoque – dejé de ver todo de un solo vistazo y empecé a explorar cada cosa poco a poco, a valorar el brillo del sol en una hoja, el contorno de una mano que me toca, el tono de una voz que me habla.
En Ibagué, nuestra ciudad de valles y montañas, he aprendido a reconocer cada esquina por el juego de luces y sombras que se dibujan en el pavimento, por el aroma de la panadería en la calle 10 que alcanzo a distinguir incluso cuando la niebla cubre la ciudad, por la voz cálida del vendedor de arepas que me saluda por mi nombre todos los días. He sentido cómo el río Combeima brilla cuando el sol toca sus aguas, y he aprendido a caminar por la zona del Mercado Central siguiendo los pasillos que se iluminan con más claridad, contando con la ayuda de mis gafas y el consejo de mis vecinos que siempre están dispuestos a indicarme el camino cuando las cosas se vuelven demasiado borrosas. Estas son las pequeñas victorias que muchos no notan, pero que construyen nuestra fortaleza día a día.
He enfrentado los prejuicios con la misma firmeza con la que ajusto mis lentes: cuando alguien me ha dicho que no podría manejar una computadora, aprendí a usar programas de ampliación de pantalla y terminé mi carrera en psicología; cuando me han dicho que no podría liderar grupos de terapia, logré diseñar y coordinar talleres de apoyo emocional para jóvenes con baja visión en nuestra ciudad. Cada «no puedes» que me han dicho se ha convertido en un «yo sí puedo, a mi manera» que llevo grabado en mi corazón.
Sabemos que no es fácil. Hay días en los que la fatiga de esforzarnos por ver, en los que el sol es demasiado brillante o la luz del día es demasiado tenue, nos golpea con fuerza. Hay noches en las que extrañamos poder leer un libro sin tener que aumentar el tamaño de la letra, o ver con claridad el paisaje que nos rodea desde la cima del Cerro de las Tres Cruces. Pero también hay mañanas en las que despertamos y alcanzamos a distinguir la sonrisa de nuestros hijos, en las que sentimos la alegría de una llamada de una amiga, en las que sentimos la satisfacción de haber ayudado a alguien a encontrar su propio camino hacia la resiliencia. Eso es resiliencia: no es ser invulnerables, es saber que, aunque las cosas no se vean como antes, tenemos fuerzas para seguir adelante y encontrar belleza en cada detalle que alcanzamos a percibir.
Quiero decirles a mis hermanas y hermanos en condición de discapacidad visual, tanto con baja visión como con ceguera total, que somos parte fundamental de la identidad de Ibagué. Nuestras manos han tejido mantas distinguiendo los colores que aún alcanzamos a ver o sintiendo sus texturas con cariño, nuestros sentidos han captado detalles que inspiran nuestras terapias, nuestras mentes han ideado proyectos que ayudan a nuestra comunidad. No somos personas que necesitan ser «cuidados» todo el tiempo – somos personas que tenemos mucho que dar, que tenemos una forma única de ver el mundo que enriquece a todos los que nos conocen.
La luz que nos guía no viene solo del exterior – vive en cada uno de nosotros, en nuestra capacidad de amar, de soñar, de luchar por lo que queremos. En esta ciudad que nos acoge, vamos construyendo un camino más accesible para las generaciones que vendrán, demostrando que la discapacidad visual no es un límite, sino una forma diferente de mirar y sentir la vida con más profundidad.
Juntos, con nuestros ojos bien abiertos o con nuestro corazón siempre alerta, seguimos explorando cada rincón de nuestra ciudad. Porque la resiliencia es nuestra bandera, y la vida es nuestra mayor obra de arte – incluso cuando la percibimos de formas distintas.


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